Cuando exigirse demasiado empieza a pasar factura
Muchas personas adultas llegan a consulta sin identificar un problema concreto, pero con una sensación persistente de desgaste. Funcionan, cumplen, responden, pero viven con la impresión de que nunca es suficiente. No siempre hay crisis visibles ni grandes fracasos, sino una presión interna constante que acompaña el día a día. En el trasfondo, suelen aparecer patrones de autoexigencia y perfeccionismo que, aunque socialmente valorados, pueden convertirse en una fuente significativa de malestar psicológico.
Hablar de autoexigencia y perfeccionismo no es hablar de pereza ni de falta de motivación. Al contrario, suele tratarse de personas implicadas, responsables y comprometidas. El problema no está en querer hacerlo bien, sino en cómo se vive internamente ese esfuerzo y qué precio emocional se paga por sostenerlo en el tiempo.
Qué entendemos por perfeccionismo desde la psicología
Desde la psicología, el perfeccionismo se entiende como un patrón rígido de pensamiento y conducta orientado a la búsqueda de resultados impecables. El error no se tolera con facilidad y los logros rara vez se viven como suficientes. La investigación ha mostrado que este estilo no se caracteriza tanto por el deseo de mejorar como por el miedo a fallar, acompañado de una autocrítica intensa y de la tendencia a evaluar el propio valor personal en función del rendimiento.
Incluso cuando las cosas salen bien, la sensación interna suele ser de alivio momentáneo, seguido de duda, insatisfacción o la necesidad de hacerlo mejor la próxima vez. El perfeccionismo no descansa: siempre encuentra algo que corregir.
Cómo se manifiesta el perfeccionismo en la vida cotidiana
En el día a día, este funcionamiento se expresa de muchas formas. Personas que revisan una tarea una y otra vez antes de entregarla, que postergan decisiones por miedo a equivocarse o que evitan iniciar proyectos personales porque no pueden garantizar que salgan “como deberían”. El pensamiento suele moverse en términos de todo o nada: o es perfecto o no sirve.
Esta rigidez mantiene niveles elevados de ansiedad anticipatoria y conecta con muchos de los problemas que aparecen en la ansiedad en la edad adulta, un tema que se desarrolla con más detalle en otros artículos del blog.

Diferencias entre autoexigencia y perfeccionismo
Aunque a menudo se usan como sinónimos, autoexigencia y perfeccionismo no funcionan igual a nivel psicológico. La autoexigencia se relaciona con el esfuerzo y la responsabilidad: marca metas altas y empuja a avanzar. El problema aparece cuando esas metas se vuelven rígidas, innegociables y desconectadas de los propios límites.
El perfeccionismo, en cambio, no se centra tanto en avanzar como en evitar el error. No busca mejorar, sino no fallar. Aquí el resultado nunca es suficiente y cualquier fallo se vive como un fracaso personal. Mientras la autoexigencia puede ser un motor cuando es flexible, el perfeccionismo tiende a convertirse en una cárcel interna donde la persona no se permite descansar, aprender ni equivocarse.
Dicho de forma sencilla, la autoexigencia pregunta cómo puedo hacerlo mejor, mientras que el perfeccionismo se impone no puedes hacerlo mal. Cuando esta diferencia se difumina, el esfuerzo deja de ser una herramienta y pasa a ser una fuente constante de presión y desgaste emocional.

Cuando el valor personal depende del rendimiento
Una de las consecuencias más relevantes de este estilo de funcionamiento es la fusión entre el valor personal y el rendimiento. El error deja de ser algo que ocurre y pasa a convertirse en algo que define. No es me equivoqué, sino soy un fracaso. Esta forma de evaluarse hace que cualquier fallo, por pequeño que sea, tenga un impacto desproporcionado en la autoestima y favorezca la rumiación, la vergüenza y la culpa.
Empezar a cambiar la relación con uno mismo
Ni el perfeccionismo ni la autoexigencia extrema conducen a un bienestar sostenido. La evidencia científica ha mostrado una relación consistente entre el perfeccionismo desadaptativo y problemas como la ansiedad, la depresión y las dificultades en la regulación emocional. El alivio que se obtiene al hacerlo todo perfecto suele ser breve, mientras que el coste emocional se acumula con el tiempo.
El trabajo terapéutico no busca eliminar la exigencia ni promover la dejadez, sino transformar la relación con uno mismo. Aprender a diferenciar entre exigirse y castigarse, entre esforzarse y forzarse. Introducir la idea de que el descanso no es una recompensa que se gana, sino una necesidad legítima, y que el error no invalida el valor personal ni borra lo conseguido.
Comprender estos patrones es, para muchas personas, el primer paso para empezar a vivir con menos presión interna y más margen psicológico. No se trata de bajar expectativas sin sentido, sino de hacerlas humanas, flexibles y sostenibles, de modo que el esfuerzo deje de ser una prisión y pueda volver a ser un recurso al servicio del bienestar.

Conclusión
Exigirse, esforzarse y querer hacer las cosas bien no es, en sí mismo, problemático. El malestar aparece cuando la exigencia deja de ser una herramienta flexible y se convierte en una norma interna innegociable. Cuando descansar genera culpa, equivocarse se vive como un fracaso personal y el “hacerlo bien” nunca resulta suficiente, el esfuerzo empieza a desgastar en lugar de sostener.
Comprender la diferencia entre autoexigencia y perfeccionismo permite empezar a cuestionar estos patrones y abrir espacio a formas de funcionamiento más humanas y sostenibles. No se trata de renunciar al compromiso ni al crecimiento personal, sino de revisar la relación que cada persona mantiene consigo misma, con sus límites y con sus expectativas. En muchos casos, este cuestionamiento es el primer paso para reducir la presión interna y recuperar una forma de estar en el mundo menos basada en la exigencia constante y más orientada al bienestar.
Referencias
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