Reflexiones navideñas
Reflexiones navideñas La Navidad, en sus orígenes, estaba ligada a la familia, a compartir y a la reflexión. Eran fechas de recogimiento y espiritualidad, con un claro componente religioso.Sin embargo, en la actualidad, el frenético ritmo de vida que llevamos, junto con la publicidad y las redes sociales, nos empuja a una espiral de consumo que acaba pasando factura a nuestra economía y a otras esferas de nuestra vida. Cuando una persona no logra cumplir con las expectativas sociales y económicas que rodean a la Navidad, puede llegar a sentirse desplazada de su círculo social, e incluso experimentar tristeza o desánimo por no alcanzar aquello que “se supone” que debería lograr. Regalar, en su sentido más básico, implica dar sin esperar nada a cambio. Sin embargo, cada vez con más frecuencia, el acto de regalar se vive como una obligación —y cuanto más caro, mejor— orientada a cumplir exigencias externas y a evitar conflictos, especialmente en la pareja o en dinámicas como los ya conocidos “amigos invisibles”. Y, mientras tanto, empiezan las prisas por decidir qué te vas a poner esos días, si tienes algún conjunto a estrenar (¡repetir está fatal visto!) y cuándo será el fin de semana ideal para colocar el árbol y toda la parafernalia en casa. Tener tantos estímulos constantes durante tantos meses hace que nos saturemos, que sintamos presión por comprar, por no quedarnos atrás, por “vivir el pack completo”. ¿A cuántas personas conoces que te hayan dicho que se han ido a ver un mercadillo navideño?¿Crees que hace veinte años habrías recibido la misma respuesta? Personalmente, escuchar la canción de Mariah Carey ha pasado de hacerme ilusión a agotarme las pilas. El entorno está sobrecargado de luces y decoración, pero… ¿y el interior? Muchas personas afirman sentirse peor en esta época del año, más solas. Y es que la Navidad nos recuerda constantemente que es un tiempo para estar en familia, con amigos, comiendo y regalando junto a nuestros seres queridos. Pero ¿qué pasa con quienes se encuentran solos? Esta sobreestimulación constante puede intensificar la tristeza cuando no se cumplen las expectativas, cuando no tenemos gente de la que rodearnos o cuando estamos atravesando un mal momento vital. El mensaje inconsciente que reciben muchas personas es devastador: “no eres suficiente”, “no eres lo bastante válido”, “no te esfuerzas lo necesario para lograr tener esto”. Un mensaje que cala poco a poco y termina afectando a la forma en la que una persona se percibe a sí misma. Este discurso interno acaba generando más sensación de soledad, menos valía personal y una tristeza profunda que, en estas fechas, se vive con mayor intensidad. En consulta intento siempre normalizar estas fechas, compararlas con cualquier otro día del año que no tenga una carga simbólica tan marcada. Restar importancia a qué se come, qué se bebe o dónde se celebra. Lo verdaderamente importante es crear tu propia tradición, sin exigencias externas y sin tener que cumplir expectativas ajenas. La familia, la fábrica de conflictos navideños. ¿Y cómo iba a escribir un artículo sobre la Navidad sin nombrar a la familia? ¿Qué sería de Nochebuena sin juntarnos con esa familia extensa a la que solo vemos una vez al año, o con ese amigo que, cada vez que habla, sube el pan? Las comidas de empresa y las reuniones familiares ocupan gran parte de las sesiones terapéuticas en estas fechas. En España somos un país que socializa en torno a la comida y la bebida y, como ya sabemos, el alcohol hace que las emociones estén a flor de piel y puede jugarnos una mala pasada. Si a esto le sumamos la tensión acumulada por intentar ser políticamente correctos, el caldo de cultivo está servido. Está bien acudir a reuniones familiares, relacionarnos con nuestros seres queridos e incluso pasar por alto ciertos comentarios que no nos agradan… hasta cierto límite. Cuidar el vínculo no debería implicar dejar de cuidarnos a nosotros mismos. Si sabes que hay alguien con quien no congenias o con quien puedes acabar estallando, quizá sea mejor sentarte en el otro extremo de la mesa o marcar límites generales desde el principio, para que sepan a qué atenerse contigo. Como decía mi abuela: “más vale una vez colorao que ciento amarillo”. ¿Vacaciones de Navidad? El lumbreras al que se le ocurrió llamar “vacaciones” a este periodo debió de quedarse a gusto. Porque si preguntas qué ha hecho alguien en estos días, te dirá de todo menos descansar. Como se supone que disponemos de más tiempo libre, ese tiempo debe aprovecharse con familia y amigos, lo que convierte en obligatorio asistir a todas las reuniones posibles, so pena de exclusión o marginación. Acabamos eligiendo entre agotamiento o exclusión. Y es que al ser humano le gusta gustar. Con la inestimable ayuda de las redes sociales, parece que no eres una persona realizada si no aprovechas para ir al gimnasio, comer sano, salir de fiesta, ir al teatro, reunirte con antiguos compañeros del Liceo Versalles y apuntarte a un taller de confección de velas navideñas. Y, por supuesto, sin olvidar las actividades de los más pequeños, para que también “descansen” de su rutina. Todo esto está muy bien, pero… ¿dónde queda el autocuidado?Y si además vamos justos económicamente, ¿a qué plan digo que no? Si queremos cuidarnos en estas fechas, podemos empezar siendo conscientes de que la Navidad no significa asistir a todos los eventos ni no perdernos nada. Quizá el verdadero sentido esté en compartir tiempo con las personas que queremos, aprovechar los recursos que ya tenemos, pasear, jugar a juegos de mesa, cocinar con los peques o simplemente estar. Sin necesidad de demostrar nada a nadie. Al fin y al cabo, quienes nos quieren lo hacen por lo que somos, no por lo que aparentamos. Ya vienen los reyes magos… Algo que siempre digo en sesión a mis pacientes es que, si quieren realizar cambios, deben aferrarse a algo que de verdad les importe. Por eso he decidido cerrar este artículo hablando de los


