Terapia

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¿Desde dónde nos relacionamos?

Cuando comencé a estudiar psicología sistémica, se me quedó grabada una frase de un gran psicólogo, Paul Watzlawick, que decía: «Es imposible no comunicar». Es una frase que me acompaña a diario en mi trabajo, donde lo que no se dice tiene tanta importancia como las preocupaciones que mis pacientes expresan con palabras. Pero ¿hasta qué punto somos conscientes de lo que transmitimos a los demás? Desde que nacemos, formamos parte de un sistema de relaciones que contribuye a configurar nuestra manera de comprender el mundo y de vincularnos con los demás. En este proceso, la familia constituye uno de nuestros primeros contextos de aprendizaje, donde comenzamos a construir muchas de las referencias que nos acompañarán durante la vida adulta. Cuando llegamos a la edad adulta, tendemos a interpretar muchas de nuestras conductas como «normales», sencillamente porque estamos acostumbrados a ellas. Forman parte de nuestra manera de actuar y, precisamente por eso, rara vez nos detenemos a cuestionarlas. Sin embargo, que una conducta nos resulte familiar no significa necesariamente que sea adecuada para todas las circunstancias. De hecho, algunos de estos patrones pueden convertirse en una fuente recurrente de conflictos, especialmente cuando nos relacionamos con personas que han crecido en entornos diferentes al nuestro. En este proceso, el apego desempeña un papel importante. Desde los primeros años de vida, el vínculo con nuestras figuras de cuidado cumple una función de protección y seguridad. Cuando estas figuras están disponibles y responden de manera sensible a nuestras necesidades, pueden proporcionarnos una base segura desde la que explorar el entorno y desarrollar progresivamente nuestra autonomía. Las investigaciones sobre la estabilidad del apego sugieren que las primeras experiencias vinculares pueden mantener cierta continuidad a lo largo del desarrollo, aunque esta continuidad no es absoluta y nuestras experiencias posteriores también pueden contribuir a modificar nuestras expectativas relacionales (Fraley, 2002). La familia como primer escenario de nuestras relaciones Podríamos comparar una familia con un árbol. Todas sus ramas parten de un mismo tronco, pero no todas tienen la misma longitud, el mismo grosor ni crecen en la misma dirección. Algunas alcanzan mayor altura, otras permanecen más cerca del tronco y cada una se desarrolla de manera diferente, a pesar de compartir un mismo origen. Algo parecido sucede dentro de las familias. Aunque sus miembros compartan un entorno, cada uno ocupa una posición particular dentro del sistema familiar y establece relaciones diferentes con quienes lo componen. No todos reciben las mismas expectativas, asumen las mismas responsabilidades ni interpretan de igual manera las experiencias compartidas. Por eso, incluso entre hermanos que han crecido bajo el mismo techo, podemos encontrar formas muy distintas de comprender las relaciones, afrontar los conflictos o expresar las emociones. Las investigaciones sobre las diferencias individuales han destacado la importancia de las experiencias ambientales no compartidas, es decir, aquellas que contribuyen a que dos personas de una misma familia se desarrollen de manera diferente (Plomin y Daniels, 1987). Por supuesto, nuestra historia familiar no es el único factor que interviene en nuestro desarrollo. También influyen nuestras características individuales, los factores biológicos, las relaciones que establecemos fuera de la familia y las experiencias que acumulamos a lo largo de la vida. Lo interesante, desde una perspectiva sistémica, es comprender que cada persona construye su propia manera de relacionarse dentro de un entramado de vínculos, experiencias y circunstancias particulares. Lo que aprendimos sin que nadie nos lo enseñara Dentro de nuestras familias aprendemos tanto de lo que vemos como de lo que no vemos. Algo tan cotidiano como una forma particular de reírse, la costumbre de saludar a los vecinos, las inquietudes que expresan nuestros padres desde nuestros primeros recuerdos, la manera en que se gestionan las discusiones en casa o, precisamente, la manera en que se evita afrontarlas. Todas estas experiencias forman parte de la información a la que estamos expuestos durante nuestra infancia y que, progresivamente, puede influir en nuestro repertorio de conductas, creencias y formas de interpretar las relaciones. No necesitamos que alguien nos explique cómo debemos comportarnos para aprender determinadas conductas. En muchas ocasiones, la observación, la convivencia y la participación en las dinámicas familiares constituyen oportunidades de aprendizaje. Ahora bien, observar una conducta no implica necesariamente reproducirla. Podemos imitar determinadas formas de actuar, rechazarlas o desarrollar respuestas diferentes a partir de nuestras propias experiencias. Y lo más curioso es que, muchas veces, ni siquiera somos conscientes de que estamos aprendiendo. Quizá por eso, en ocasiones, nos resulta más sencillo reconocer determinadas conductas en los demás que identificar cómo las hemos incorporado nosotros mismos. Cuando nuestras historias familiares se encuentran Cuando establecemos una relación afectiva, no partimos de cero. Llegamos a ella con una historia de experiencias, aprendizajes y expectativas que, en mayor o menor medida, pueden influir en nuestra manera de interpretar el comportamiento de los demás. Desde una perspectiva sistémica, podríamos decir que en una relación de pareja no solo hay dos personas, sino también dos familias. Cada miembro lleva consigo su propio bagaje familiar, sus experiencias y una manera particular de comprender el afecto, la confianza, los conflictos y la convivencia. De esta manera, aquello que para una persona representa una muestra de cariño, para otra puede resultar insuficiente. Lo que alguien interpreta como una necesidad de espacio personal, su pareja puede vivirlo como una señal de distanciamiento. No siempre discutimos únicamente por lo que sucede, sino también por el significado que atribuimos a lo que sucede. En este sentido, las experiencias relacionales previas pueden influir en las expectativas que depositamos sobre nuestra pareja. La investigación sobre el apego adulto ha estudiado cómo las diferencias en seguridad afectiva se relacionan con la comunicación, la búsqueda de apoyo y la gestión de los conflictos (Mikulincer y Shaver, 2012). Sin embargo, sería un error interpretar todas las dificultades de pareja como una consecuencia de la infancia. Las relaciones también se construyen en el presente, a través de las interacciones cotidianas, las circunstancias compartidas y la manera en que ambos miembros responden a las necesidades del otro. Desde esta perspectiva, comprender nuestra historia familiar no consiste en buscar culpables, sino en ampliar nuestra capacidad para reconocer

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El peso invisible de migrar y cómo la terapia a distancia puede aliviarlo.

El peso invisible de migrar y cómo la terapia a distancia puede aliviarlo. Migrar implica mucho más que cambiar de país. Supone enfrentarse a nuevas rutinas,otros códigos culturales y maneras distintas de relacionarse. Al principio predomina lacuriosidad y la energía del cambio; después, cuando la novedad se asienta, llega elverdadero reto: adaptarse sin perder el sentido de pertenencia. En consulta lo veo con frecuencia. Personas que emigraron llenas de ilusión,convencidas de que el cambio sería un salto hacia adelante, y que con el tiempodescubren que adaptarse también desgasta. En psicología llamamos a este procesoduelo migratorio, un reajuste emocional que implica reconstruir vínculos, rutinas eidentidad. No es una enfermedad, pero puede activar sentimientos de soledad, ansiedado pérdida de sentido. Buscar apoyo psicológico en ese contexto no siempre resulta fácil. Cambia el idioma,cambian los códigos sociales y hasta la forma de expresar las emociones. Lo que enEspaña se verbaliza con naturalidad, en otro país puede sonar exagerado o no encontrareco. Y a veces, la barrera no está fuera, sino dentro: el miedo a “no estar tan mal” comopara ir a terapia, o la idea de que pedir ayuda es rendirse. Por suerte, la tecnología ha acercado algo que antes parecía impensable: la posibilidadde recibir acompañamiento psicológico desde cualquier lugar del mundo. Laterapia a distancia permite mantener un espacio profesional y seguro con un terapeutaque hable el mismo idioma, comparta referencias culturales y entienda lo que significareconstruirse lejos de casa. Migrar implica mucho más que hacer una mudanza. Es, en muchos sentidos, empezarotra vida. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), más de3 045 000 personas con nacionalidad española residían en el extranjero a fecha de 1de enero de 2025, un incremento del 4,7 % respecto al año anterior. La mayoríapertenece a población en edad laboral, y un número importante son jóvenes menores de35 años. En 2022, más de medio millón de españoles se marcharon al extranjero, unflujo migratorio protagonizado en gran medida por población joven en busca dedesarrollo personal y laboral. Estos datos no son solo cifras demográficas: son historias de cambio, de desarraigo y deadaptación. Cada persona que se marcha deja atrás su red de apoyo y su idiomaemocional. Y en esa transición, es común que aparezcan sentimientos ambivalentes:orgullo por haber dado el paso y, a la vez, una cierta melancolía por lo que ya no está. Fuente: Instituto Nacional de Estadística (INE), Estadística de Migraciones 2022. Migrar también transforma la identidad. Lo que en el país de origen era parte de lanormalidad —la forma de hablar, de saludar, de trabajar— en el nuevo contexto sevuelve algo que diferencia. Muchos españoles en el extranjero describen esa sensaciónde estar “a medio camino”: ni completamente de allí, ni del todo de aquí. Desde lapsicología, entendemos que esta tensión entre pertenecer y diferenciarse puede generaruna confusión sutil, un ruido interno que a veces se manifiesta como ansiedad o apatía.Trabajar sobre esa identidad en movimiento es parte esencial del proceso terapéutico. Aunque no siempre deriva en un trastorno psicológico, este proceso puede manifestarseen sentimientos de tristeza, irritabilidad, ansiedad o confusión identitaria. Estasreacciones son comunes y, en muchos casos, transitorias, pero cuando la ansiedad semantiene en el tiempo puede convertirse en una carga silenciosa que interfiere con elbienestar cotidiano. En mi artículo Esa mala compañía llamada ansiedad profundizo encómo reconocerla y abordarla desde una perspectiva psicológica eficaz. Cuando una persona española busca terapia en otro país, se enfrenta a varios obstáculosinvisibles. El primero es el idioma emocional: aunque se domine la lengua local, ponerpalabras a lo que duele en un idioma ajeno puede generar distancia. También influye ladiferencia cultural en cómo se entiende la intimidad o el sufrimiento. Lo que enEspaña se expresa con cercanía, en otros contextos puede percibirse como excesivo opoco habitual. A esto se suman las barreras prácticas: horarios incompatibles, listas de espera, o ladificultad de encontrar un profesional con quien se sienta confianza. Según el MentalHealth Atlas 2020 de la Organización Mundial de la Salud, más del 60 % de lospaíses del mundo reportan escasez de profesionales de salud mental y desigualdad en elacceso a tratamientos. En ese escenario, la terapia a distancia se convierte en una opciónrealista y eficaz. La evidencia científica lleva años confirmándolo. Investigaciones como las deCarlbring y colaboradores (2018) muestran que los tratamientos psicológicos en línealogran resultados equivalentes a los presenciales en depresión, ansiedad o estrés,siempre que se mantenga una buena estructura terapéutica.Además, desde una perspectiva neuropsicológica, la comunicación por videoconferenciano interfiere con los procesos empáticos ni con la calidad del vínculo, siempre queexista sintonía profesional y emocional, como explica Simpson (2009). En la práctica, esto significa que la terapia a distancia no es una versión reducida, sinouna modalidad con dinámicas propias: más flexible, accesible y culturalmente sensible. A la hora de aprovecharla, hay algunos aspectos que marcan la diferencia. Verificar la formación del profesional. Asegurarse de que esté colegiado en España ytrabaje con un encuadre claro es la base de la confianza terapéutica. Cuidar el entorno. Reservar un espacio privado y tranquilo facilita que la sesión sea unverdadero encuentro emocional, no una conversación interrumpida. Mantener la constancia. La flexibilidad horaria es una ventaja, pero la regularidad eslo que sostiene el proceso. Buscar sintonía cultural. Expresarse en la lengua materna y con alguien quecomprenda los matices culturales mejora la comprensión y la alianza terapéutica. Integrar el trabajo entre sesiones. La modalidad online permite aplicar lasherramientas terapéuticas en el contexto real de cada persona, lo que acelera elaprendizaje y refuerza el cambio. En terapia, reconstruirse también significa integrar la experiencia migratoria.A menudo, el trabajo no se centra solo en aliviar síntomas como la ansiedad o latristeza, sino en dar sentido a la historia personal. En la terapia a distancia, el terapeutaacompaña al paciente a explorar qué aspectos de su identidad se mantienen, cuálescambian y cómo puede reconciliar ambas partes. La distancia geográfica se convierteasí en un escenario simbólico de crecimiento: permite mirar la vida desde fuera, conperspectiva, y transformar el desarraigo en una oportunidad de autoconocimiento. Migrar cambia más de lo que se ve desde

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